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Dos por uno


Hola, os dejo un relato cortito que andaba cogiendo polvo en el disco duro. Que os guste.

Dos por uno

Mantenía una imperturbable sonrisa, aunque la temperatura del termómetro bajaba varios grados del cero. Rasgos afilados, ojos pequeños y azules como el frío de aquel día. Cabellera corta, rubia, peinada a un lado, de un matiz que sabes que no puede ser teñida.
Decidí echarle unas monedas, no mucho, la calderilla, pero el joven que soportaba los rigores de nuestro crudo invierno, bien que lo merecía. ¡Qué pundonor, qué dureza! Especulé sobre el origen del acordeonista, que atacaba su repertorio con esforzado entusiasmo. Europa oriental, me dije. Una vez roto el paraguas del comunismo, miles de músicos —verdaderos genios— malvivían sacando melodías a sus oxidados instrumentos en nuestras calles.
Pasaba muchas veces al día por el mismo lugar, al lado de unos grandes almacenes. Allí continuaba impasible, fuera la hora que fuera, sentado a horcajadas sobre el amplificador que dispersaba la música de su acordeón.
Escuché conocidos temas de taquilleras películas, que alternaba con tonadas populares y con otras piezas de música clásica.

Después de unos meses, su figura se me hizo familiar y la mía para él. Me saludaba con la mejor de sus sonrisas y comenzaba a tocar una melodía que me agradaba en particular, entonces, yo depositaba mis monedas sueltas en el interior de la funda de su instrumento. Tocaba el ala de mi sombrero, a modo de reconocimiento y continuaba con mis quehaceres.
Día tras día, aquella pequeña y secreta amistad fue creciendo. Nos conocimos, de esa íntima forma en la que se conocen los extraños que coinciden en el mismo lugar y a la misma hora, camino del trabajo.

El cruel general invierno había pasado, cebándose sobre mis viejos huesos, pues había sido uno de los más despiadados de los últimos años. O quizás, el frío y la humedad hacían mella en mi cuerpo a medida que transcurrían los años.

Cuando el calor empezaba a apretar y la chaqueta sobraba, paseaba por la calle comercial de mi ciudad. Al llegar al consabido puesto junto a la tienda de una conocida firma, mi sorpresa fue mayúscula. Sin haber probado una sola gota de alcohol, veía doble lo que debía ser único. Observé como uno le pasaba el acordeón al otro, y cuando entré en su campo de visión me sonrieron. ¡Eran mellizos! Me sentí ultrajado y engañado. Había sido víctima de un truco.

Nunca más volví a echar monedas a la funda de fieltro.

©2007, Alejandro Guardiola

Comentarios

ch3p3 ha dicho que…
Cortico, pero agradable, me dejó un buen sabor de boca.
Oye, Alex, ¿qué tienes con los relatos con músicos callejeros?
Tu personaje de "mi canción favorita" también solía tocar en las calles.
Alex ha dicho que…
Pues sí corto.

Respecto a los músicos, es que uno aporrea la guitarra, mucho menos ahora que antes, entonces...

El acordeonista del cuento está basado en un personaje real que me encontraba todos los días cuando iba a dar clase de inglés a la casa de los chicos en Zamora.

El músico real, rubio, y de la europa del este, como el del cuento, tenía también un hermano gemelo, pero este era solo percusionista y no actuaba con su hermano.

Un saludo y me alegro que te gustara, José Luis.
Alex ha dicho que…
Hola, sólo quería comentaros que el protagonista de este cuento sigue tocando su acordeón a las puertas de la tienda de ropa en Zamora. Lo he comprobado este fin de semana.

Un saludo.

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