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Relato: Culpa

Hola, os dejo este relato, Culpa, que fue portada de Sedice en Junio de 2006. Leedlo, disfrutadlo y espero vuestros comentarios.

Culpa

Despertó agitado en su lecho, se incorporó —la luz de la mañana molestándole en los ojos—, sólo había sido una pesadilla. Aunque no podía recordarla, sí le pareció que había sido horrible. Pero todo había pasado ya. Se tranquilizó y olvidó sus terrores nocturnos. Marchó meditabundo hacia el cuarto de baño. Se despojó de la ropa interior y abrió los grifos de la bañera. Una fina cortina de agua brotó de la alcachofa y se metió bajo ella, sintiendo un gran bienestar.

Relajado y con su albornoz azul, bajó a la cocina a desayunar. Frió unos huevos y unas tiras de beicon ahumado en la sartén. Lo acompañó con un zumo de naranja y un yogur desnatado con cereales. De esos con miel —sus preferidos—, y que venían en envase familiar. Un almuerzo contundente.

Una vez satisfecho, fue a su cuarto y se vistió de forma informal, como siempre hacía para trabajar en casa. Sus vaqueros favoritos y una camiseta holgada de cuando jugaba al fútbol en la universidad. Perfecto, ya estaba listo para afrontar una nueva jornada de trabajo.

Volvió de nuevo a la planta inferior, bajando al trote por los escalones. Encaró la doble puerta que daba paso a su enorme estudio-biblioteca, y que ocupaba una gran parte del espacio de la planta baja de la casa.

Levantó todas las persianas y la luz diurna penetró en la estancia, iluminándolo todo. Las grandes estanterías alcanzaban hasta el techo, y cubrían la mayoría de las paredes, como grandes vigilantes del saber que contenían los libros que guardaban. En el centro, sendas mesas de trabajo gemelas, ideadas para que dos personas pudieran trabajar frente a frente sin molestarse el uno al otro. Al fondo, su gran escritorio —justo detrás del ventanal—, con un ordenador portátil, un soporte para un teléfono inalámbrico y un puñado de hojas escritas a mano con una caligrafía descuidada y un tanto irregular.

Entonces, se dirigió hacia otro lugar importante. La vitrina situada en el centro de la habitación y que se erigía enhiesta sobre el pedestal de madera. Se paró delante de ella y comprobó el nivel del control de humedad, echó una mirada al indicador: 48%. Bien. No debía pasar nunca del 60%, o su preciada joya comenzaría a deteriorarse con celeridad. Sacó de su bolsillo la llave especial y abrió con ella la vitrina. Luego cogió su contenido, un libro, por su aspecto exterior muy antiguo.

Tomó el Códice de Zariez —un tesoro bibliográfico que trataba de datar—, escrito en una lengua ininteligible y que, era bastante probable que fuera un tipo de antiguo grimorio o tratado de alquimia hermética. Tamaño cuarto, encuadernado en piel, las hojas cosidas, páginas de guarda, una curiosa serigrafía en el comienzo del texto...

Abrió el Códice por donde lo había dejado el día anterior. Tenía unas anotaciones en los márgenes en latín, de éstas pudo deducir que el lenguaje en el que estaba escrito se llamaba Drashan. Qué idioma o código secreto era éste, lo desconocía.

El texto, copiado con grandes letras en tinta roja. Un momento... Las letras se movían y cambiaban de posición. Imposible. Se frotó los ojos. La vista le jugaba una mala pasada.

Sin duda se debía a la presión a la que le estaba sometiendo el departamento con la investigación sobre el libro.

Pero no. ¡Las letras se habían movido realmente! Lo que se leía ahora era: Tú eres el culpable. Tú eres el culpable. Tú eres el culpable. Tú...

¡Basta! ¡No era posible! Pasó los dedos por la superficie de la página. Todo el texto reproducía este mantra. De repente notó un pequeño tirón y trató de levantar las manos de las hojas, aunque no fue capaz.

¡Algo tiraba de él en el interior del libro! Trató de librarse del extraño abrazo. Pero cada vez el libro estiraba más, introduciéndole en sus páginas. No pudo con ello y fue absorbido por completo y quedó atrapado en su interior.

Despertó agitado en su lecho, se incorporó —la luz de la mañana le molestaba en los ojos—, sólo había sido una pesadilla. Aunque no podía recordarla, sí le había parecido horrible. Pero todo había pasado ya. Logró tranquilizarse y olvidó sus terrores nocturnos. Marchó meditabundo hacia el cuarto de baño. Se despojó de la ropa interior y abrió del todo los grifos de la bañera. Una fina cortina de agua brotó de la alcachofa y se metió bajo ella, olvidando todos y cada uno de sus problemas.

Relajado y con su albornoz azul, bajó a la cocina a desayunar. Tomó un sándwich de jamón y queso a la plancha, una pieza de fruta y un yogur desnatado con cereales. De esos con miel —sus preferidos—, y que venían en envase familiar.

Una vez satisfecho, fue a su cuarto y se vistió de manera informal, como siempre hacía para trabajar en casa. Sus tejanos favoritos y una camiseta vieja de cuando jugaba al fútbol en la universidad. Perfecto, ya estaba listo para afrontar una nueva jornada de trabajo.

Volvió otra vez a la planta inferior, bajando al trote por los escalones. Encaró la doble puerta que daba paso a su enorme estudio, y que ocupaba una gran parte del espacio de la planta baja de la casa.

Levantó todas las persianas y la luz diurna penetró en la estancia, iluminándolo todo. Las grandes estanterías alcanzaban hasta el techo, y cubrían la mayoría de las paredes, como grandes vigilantes del saber que contenían los libros que guardaban. En el centro, sendas mesas de trabajo gemelas, ideadas para que dos personas pudieran trabajar frente a frente sin molestarse el uno al otro. Al fondo, su gran escritorio —justo detrás del ventanal—, con un ordenador portátil, un soporte para un teléfono inalámbrico y un puñado de hojas escritas a mano con una caligrafía descuidada y un tanto irregular. Además de los precarios montones de circulares y memorandos, y notas preliminares de otros tantos estudios.

Se dirigió hacia otro lugar importante. La vitrina situada en el centro de la habitación y que se erigía enhiesta sobre el pedestal de madera. Se paró delante de ella y comprobó el nivel del control de humedad, echó una mirada al indicador: 49%. Bien. No debía pasar nunca del 60%, o su preciada joya comenzaría a deteriorarse con rapidez. Sacó de su bolsillo la llave especial y abrió con ella la vitrina. Luego cogió su contenido, un libro, por su aspecto exterior muy antiguo.

Tomó el Códice de Zariez —un tesoro bibliográfico que trataba de datar—, escrito en una lengua ininteligible y que, era bastante probable que fuera un tipo de antiguo manual de magia o tratado de alquimia hermética. Tamaño cuarto, encuadernado en piel, las hojas cosidas, páginas de guarda, una curiosa serigrafía en el comienzo del texto...

Abrió el Códice por donde lo había dejado el día anterior. Tenía unas anotaciones en los márgenes en latín, por las que pudo deducir que el lenguaje en el que estaba escrito se llamaba Drashan o Drashian. Qué idioma o código secreto era éste, lo desconocía.

El texto, copiado con grandes letras en tinta roja, de una tonalidad parecida a la sangre.

Túereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletú-

ereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúeres...

Un coro de voces resonó en su cabeza. Intentó sacudirla para despejarse.

Pero no le fue posible, porque tres cabezas de niño flotaban en el aire a tres palmos de su cara. Y le gritaban: TÚ ERES EL CULPABLE, mientras giraban a su alrededor. Las tres cabezas se transformaron en seis. Y las seis en dieciocho, y todas flotaban en torno a él mientras sus voces decían: TÚ ERES EL CULPABLE.

Cincuenta rostros de niños flotaban y le acusaban. Cien caras angelicales le gritaban. Quinientos niños le increpaban: TÚ ERES EL CULPABLE. Un millar de pálidas caritas revoloteaban por encima de su cabeza.

No pudo soportarlo más, salió corriendo. Abrió la puerta y subió las escaleras. Continuó subiendo mucho rato, luego bajó y volvió a subir de nuevo. Las voces persiguiéndole. Llegó hasta una puerta. Una puerta que no recordaba que formara parte de su casa.

Un millón de decapitadas cabezas de tiernos infantes se lanzaron a por él con un único grito de guerra: TÚ ERES EL CULPABLE.

No permitiría que le atraparan. Abrió la puerta y la atravesó.

Cayó al vacío. Y cayó y cayó y cayó y cayó...

Y siguió cayendo eternamente.

Despertó con aprensión en su lecho, se incorporó —la luz de la mañana le cegaba—, sólo había sido un mal sueño. Aunque no podía recordarla, sí le pareció que había sido terrorífica. Pero todo había pasado ya. Se calmó y olvidó sus terrores nocturnos. Marchó meditabundo hacia el cuarto de baño. Se despojó de la ropa interior y abrió los grifos de la bañera. Una lluvia de finas gotitas de agua brotó de la alcachofa y dejó que el agua recorriera todo su cuerpo y lo limpiara.

Relajado y con su albornoz azul, bajó a la cocina a desayunar. Preparó un gran tazón de café con leche, acompañado de bollos, tostadas con mantequilla y mermelada, y un yogur desnatado con cereales. De esos con miel —sus preferidos—, que venían en envase familiar. Un montón de calorías para darle energía.

Una vez satisfecho, fue a su cuarto y se vistió de forma informal, como siempre hacía para trabajar en casa. Sus pantalones favoritos y una camiseta sin mangas de cuando jugaba al fútbol en la universidad. Perfecto, ya estaba listo para afrontar una nueva jornada de trabajo.

Volvió de nuevo a la primera planta, bajando al trote por los escalones. Encaró la doble puerta que daba paso a su enorme biblioteca, y que ocupaba una gran parte del espacio de la planta baja de la casa.

Levantó todas las persianas y la luz diurna penetró brusca en la diáfana estancia, iluminándolo todo el cuarto. Los grandes anaqueles y librerías alcanzaban hasta el techo, y cubrían la mayoría de las paredes, como grandes vigilantes del saber que contenían los libros que guardaban. En el centro, sendas mesas de trabajo gemelas, ideadas para que dos personas pudieran trabajar frente a frente sin molestarse el uno al otro. Al fondo, su enorme escritorio de roble —justo detrás del ventanal—, con un ordenador portátil, un soporte para un teléfono inalámbrico y un puñado de hojas escritas a mano con una caligrafía descuidada y un tanto irregular. Pilas de libros se amontonaban de una forma caótica, a punto de derrumbarse.

Una vez hecho esto, se dirigió hacia otro lugar importante. La vitrina situada en el centro de la habitación y que se erigía enhiesta sobre el pedestal de madera. Se paró delante de ella y comprobó el nivel del control de humedad, echó una mirada al indicador: 50%. Bien. No debía pasar nunca del 60%, o su preciada joya comenzaría a deteriorarse velozmente. Tomó de su bolsillo la llave dorada y abrió con ella la vitrina. Luego sacó su contenido, un libro, por su aspecto exterior muy antiguo.

Tomó el Códice de Zariez —un tesoro bibliográfico que trataba de datar—, escrito en una lengua ininteligible y que, era bastante probable que fuera un tipo de antiguo repertorio de conjuros o tratado de alquimia hermética. Tamaño cuarto, encuadernado en piel, las hojas cosidas, páginas de guarda, una curiosa serigrafía en el comienzo del texto... Qué extraño, recordaba el símbolo de otra forma. Su imaginación le jugaba malas pasadas.

Abrió el Códice por donde lo había dejado el día anterior. Tenía unas anotaciones en los márgenes en latín, de éstas pudo deducir que el lenguaje en el que estaba escrito se llamaba Drashan. Qué idioma o código secreto era éste, no lo sabía, era por completo desconocido para él. No tenía constancia de que hubiera existido algún idioma llamado así.

El texto, copiado con grandes letras en tinta roja. Como su sangre. ¿Su sangre? Sí, porque aquella sangre era la suya, la sangre con la que estaba escrito todo el libro. Su sangre, que era la que manaba de las letras impresas, hasta empapar las gruesas páginas. Formando una frase de gruesos trazos: Tú eres el culpable. Manchando toda la superficie del volumen, desbordando las cubiertas, desparramándose sobre la mesa, cayendo sobre la tarima.

No le dio tiempo a impresionarse, porque el impacto de un libro en la cara le tiró al suelo.

Todos sus libros salían disparados de las estanterías hacia él. Se zafó como pudo debajo de su escritorio, pero a pesar de esto, algunos lograron su objetivo, magullándole el cuerpo. Cuando terminó la lluvia de libros y pensaba emerger de su refugio, un ruido tremendo llenó la habitación. Se atrevió a salir.

Las estanterías se habían derrumbado y yacían destrozadas en el piso. Las paredes —ahora desnudas—, comenzaron a humear, El humo formó una construcción que se parecía bastante a: Tú eres el culpable. Los muros se hinchaban y se encogían, formando desmesuradas ampollas. El techo se combó hacia dentro, despidiendo humo también. ¡Su estudio estaba vivo!

Las paredes se llenaron de orificios y grietas. Y por esas grietas, manaba una sangre espesa y de un rojo oscuro. Como la suya. La sangre fluía a borbotones, a chorros, con una gran presión.

Fue salpicado por su propia sangre. La cara, las manos manchadas con su sangre...

El nivel del líquido crecía a ojos vista. Le cubría ya por los tobillos, no, por las pantorrillas, no, las rodillas...

Estaba sumergido en su sangre hasta la cintura, el pecho, los hombros, el cuello, la barbilla...

Lo último que pudo ver —horrorizado—, a la par que se ahogaba, fue una frase escrita en el techo con su propia sangre: Tú eres el culpable.

Despertó agitado en su lecho, medio incorporado—la luz del sol molestándole en los ojos— y comenzó a darse cuenta de que sólo había sido una pesadilla...

©2006, Alejandro Guardiola

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