martes, 29 de mayo de 2007

Chris Cornell - Black Hole sun

Buenas. Pues una de las canciones que más me gusta de los noventa, pero en una versión más tranquila, en acústico. Sí, el video original de Soundgarden era un pasada, pero todos lo habeis visto miles de veces. Hala, disfrutad de Chris Cornell.

jueves, 24 de mayo de 2007

Urnas de Jade: Leyendas, David Prieto

Hola, quería hablaros sobre un libro. Todavía no se ha publicado pero como lo ha escrito un amigo mío, pues le voy a hacer un poquito de publicidad. David Prieto es el autor de Urnas de Jade: Leyendas, es una novela de fantasía épica, donde hay lugar para viejos héroes y para personajes que están a punto de convertirse en los nuevos salvadores del mundo. Tenemos villanos con motivos para sus obras malvadas, otros que no lo son del todo, ¿o quizás sí?

En Urnas de Jade: Leyendas leerás aventuras de capa y espada, viajes en barco, antiguos piratas, tesoros y reliquias de tiempos olvidados. Dioses que intentan influir en los mortales, naciones que luchan por la materia prima, por prevalecer en el comercio, reyes inútiles y nobles avispados y espías. David nos contará historias de jóvenes y su paso a la edad adulta, de ladrones y asesinos que podrían ser tu propio hermano. Nos hablará sobre fanáticos religiosos y sobre viejas ciudades enterradas en las arenas, fruto de una maldición milenaria. Nos susurrará al oído unas runas para que logremos confundir por un instante al terrible Zariez. Su gemela Haidier tratará de convencernos en sueños de que asesinemos a nuestro mejor amigo. También sabremos sobre la magia, las diferentes escuelas y enfoques de esta, dependiendo de la cultura y el país de Drashur en el que nos encontremos.

La fecha prevista de publicación es Octubre de 2007, en la editorial granadina Grupo Ajec. El prólogo está a cargo del escritor Francisco Javier Illán Vivas, autor de La Maldición. La ilustración es obra del artista Manuel Calderón.

lunes, 21 de mayo de 2007

Ya somos más de 500

Pues sí queridos amigos y amigas, ya somos más de 500. Desde hace un mes instalé en la barra lateral un contador de visitas, indica los hits diarios, los totales, las visitas diarias y las totales, así como los usuarios que se encuentran on line. Os daré unos datos: a 21 de Mayo a las 20:25 de la tarde, Hits totales 859, Hits hoy 19, Visitantes 520, Visitantes hoy 15.

Me gustaría daros las gracias a los comentaristas: LuisFer, dStrangis, Chaky, Al, Enric, ch3p3, Charlotte, Nebulos, David, Deinqaal, Vampiro Parisino, Manuel, Ríos, Correa, Fran Ontanaya, gilberto...

También me gustaría agradecer a todos los que habéis entrado por aquí, aunque no hayáis dejado ningún comentario. En adelante, os animo a que dejéis vuestra opinión, porque si no no conozco si os gustan los contenidos del blog o no. Vuestras visitas son aliciente para mejorar este diario virtual.

Gracias de nuevo y un saludo. Aquí os espero.

domingo, 20 de mayo de 2007

Relato: Culpa

Hola, os dejo este relato, Culpa, que fue portada de Sedice en Junio de 2006. Leedlo, disfrutadlo y espero vuestros comentarios.

Culpa

Despertó agitado en su lecho, se incorporó —la luz de la mañana molestándole en los ojos—, sólo había sido una pesadilla. Aunque no podía recordarla, sí le pareció que había sido horrible. Pero todo había pasado ya. Se tranquilizó y olvidó sus terrores nocturnos. Marchó meditabundo hacia el cuarto de baño. Se despojó de la ropa interior y abrió los grifos de la bañera. Una fina cortina de agua brotó de la alcachofa y se metió bajo ella, sintiendo un gran bienestar.

Relajado y con su albornoz azul, bajó a la cocina a desayunar. Frió unos huevos y unas tiras de beicon ahumado en la sartén. Lo acompañó con un zumo de naranja y un yogur desnatado con cereales. De esos con miel —sus preferidos—, y que venían en envase familiar. Un almuerzo contundente.

Una vez satisfecho, fue a su cuarto y se vistió de forma informal, como siempre hacía para trabajar en casa. Sus vaqueros favoritos y una camiseta holgada de cuando jugaba al fútbol en la universidad. Perfecto, ya estaba listo para afrontar una nueva jornada de trabajo.

Volvió de nuevo a la planta inferior, bajando al trote por los escalones. Encaró la doble puerta que daba paso a su enorme estudio-biblioteca, y que ocupaba una gran parte del espacio de la planta baja de la casa.

Levantó todas las persianas y la luz diurna penetró en la estancia, iluminándolo todo. Las grandes estanterías alcanzaban hasta el techo, y cubrían la mayoría de las paredes, como grandes vigilantes del saber que contenían los libros que guardaban. En el centro, sendas mesas de trabajo gemelas, ideadas para que dos personas pudieran trabajar frente a frente sin molestarse el uno al otro. Al fondo, su gran escritorio —justo detrás del ventanal—, con un ordenador portátil, un soporte para un teléfono inalámbrico y un puñado de hojas escritas a mano con una caligrafía descuidada y un tanto irregular.

Entonces, se dirigió hacia otro lugar importante. La vitrina situada en el centro de la habitación y que se erigía enhiesta sobre el pedestal de madera. Se paró delante de ella y comprobó el nivel del control de humedad, echó una mirada al indicador: 48%. Bien. No debía pasar nunca del 60%, o su preciada joya comenzaría a deteriorarse con celeridad. Sacó de su bolsillo la llave especial y abrió con ella la vitrina. Luego cogió su contenido, un libro, por su aspecto exterior muy antiguo.

Tomó el Códice de Zariez —un tesoro bibliográfico que trataba de datar—, escrito en una lengua ininteligible y que, era bastante probable que fuera un tipo de antiguo grimorio o tratado de alquimia hermética. Tamaño cuarto, encuadernado en piel, las hojas cosidas, páginas de guarda, una curiosa serigrafía en el comienzo del texto...

Abrió el Códice por donde lo había dejado el día anterior. Tenía unas anotaciones en los márgenes en latín, de éstas pudo deducir que el lenguaje en el que estaba escrito se llamaba Drashan. Qué idioma o código secreto era éste, lo desconocía.

El texto, copiado con grandes letras en tinta roja. Un momento... Las letras se movían y cambiaban de posición. Imposible. Se frotó los ojos. La vista le jugaba una mala pasada.

Sin duda se debía a la presión a la que le estaba sometiendo el departamento con la investigación sobre el libro.

Pero no. ¡Las letras se habían movido realmente! Lo que se leía ahora era: Tú eres el culpable. Tú eres el culpable. Tú eres el culpable. Tú...

¡Basta! ¡No era posible! Pasó los dedos por la superficie de la página. Todo el texto reproducía este mantra. De repente notó un pequeño tirón y trató de levantar las manos de las hojas, aunque no fue capaz.

¡Algo tiraba de él en el interior del libro! Trató de librarse del extraño abrazo. Pero cada vez el libro estiraba más, introduciéndole en sus páginas. No pudo con ello y fue absorbido por completo y quedó atrapado en su interior.

Despertó agitado en su lecho, se incorporó —la luz de la mañana le molestaba en los ojos—, sólo había sido una pesadilla. Aunque no podía recordarla, sí le había parecido horrible. Pero todo había pasado ya. Logró tranquilizarse y olvidó sus terrores nocturnos. Marchó meditabundo hacia el cuarto de baño. Se despojó de la ropa interior y abrió del todo los grifos de la bañera. Una fina cortina de agua brotó de la alcachofa y se metió bajo ella, olvidando todos y cada uno de sus problemas.

Relajado y con su albornoz azul, bajó a la cocina a desayunar. Tomó un sándwich de jamón y queso a la plancha, una pieza de fruta y un yogur desnatado con cereales. De esos con miel —sus preferidos—, y que venían en envase familiar.

Una vez satisfecho, fue a su cuarto y se vistió de manera informal, como siempre hacía para trabajar en casa. Sus tejanos favoritos y una camiseta vieja de cuando jugaba al fútbol en la universidad. Perfecto, ya estaba listo para afrontar una nueva jornada de trabajo.

Volvió otra vez a la planta inferior, bajando al trote por los escalones. Encaró la doble puerta que daba paso a su enorme estudio, y que ocupaba una gran parte del espacio de la planta baja de la casa.

Levantó todas las persianas y la luz diurna penetró en la estancia, iluminándolo todo. Las grandes estanterías alcanzaban hasta el techo, y cubrían la mayoría de las paredes, como grandes vigilantes del saber que contenían los libros que guardaban. En el centro, sendas mesas de trabajo gemelas, ideadas para que dos personas pudieran trabajar frente a frente sin molestarse el uno al otro. Al fondo, su gran escritorio —justo detrás del ventanal—, con un ordenador portátil, un soporte para un teléfono inalámbrico y un puñado de hojas escritas a mano con una caligrafía descuidada y un tanto irregular. Además de los precarios montones de circulares y memorandos, y notas preliminares de otros tantos estudios.

Se dirigió hacia otro lugar importante. La vitrina situada en el centro de la habitación y que se erigía enhiesta sobre el pedestal de madera. Se paró delante de ella y comprobó el nivel del control de humedad, echó una mirada al indicador: 49%. Bien. No debía pasar nunca del 60%, o su preciada joya comenzaría a deteriorarse con rapidez. Sacó de su bolsillo la llave especial y abrió con ella la vitrina. Luego cogió su contenido, un libro, por su aspecto exterior muy antiguo.

Tomó el Códice de Zariez —un tesoro bibliográfico que trataba de datar—, escrito en una lengua ininteligible y que, era bastante probable que fuera un tipo de antiguo manual de magia o tratado de alquimia hermética. Tamaño cuarto, encuadernado en piel, las hojas cosidas, páginas de guarda, una curiosa serigrafía en el comienzo del texto...

Abrió el Códice por donde lo había dejado el día anterior. Tenía unas anotaciones en los márgenes en latín, por las que pudo deducir que el lenguaje en el que estaba escrito se llamaba Drashan o Drashian. Qué idioma o código secreto era éste, lo desconocía.

El texto, copiado con grandes letras en tinta roja, de una tonalidad parecida a la sangre.

Túereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletú-

ereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúereselculpabletúeres...

Un coro de voces resonó en su cabeza. Intentó sacudirla para despejarse.

Pero no le fue posible, porque tres cabezas de niño flotaban en el aire a tres palmos de su cara. Y le gritaban: TÚ ERES EL CULPABLE, mientras giraban a su alrededor. Las tres cabezas se transformaron en seis. Y las seis en dieciocho, y todas flotaban en torno a él mientras sus voces decían: TÚ ERES EL CULPABLE.

Cincuenta rostros de niños flotaban y le acusaban. Cien caras angelicales le gritaban. Quinientos niños le increpaban: TÚ ERES EL CULPABLE. Un millar de pálidas caritas revoloteaban por encima de su cabeza.

No pudo soportarlo más, salió corriendo. Abrió la puerta y subió las escaleras. Continuó subiendo mucho rato, luego bajó y volvió a subir de nuevo. Las voces persiguiéndole. Llegó hasta una puerta. Una puerta que no recordaba que formara parte de su casa.

Un millón de decapitadas cabezas de tiernos infantes se lanzaron a por él con un único grito de guerra: TÚ ERES EL CULPABLE.

No permitiría que le atraparan. Abrió la puerta y la atravesó.

Cayó al vacío. Y cayó y cayó y cayó y cayó...

Y siguió cayendo eternamente.

Despertó con aprensión en su lecho, se incorporó —la luz de la mañana le cegaba—, sólo había sido un mal sueño. Aunque no podía recordarla, sí le pareció que había sido terrorífica. Pero todo había pasado ya. Se calmó y olvidó sus terrores nocturnos. Marchó meditabundo hacia el cuarto de baño. Se despojó de la ropa interior y abrió los grifos de la bañera. Una lluvia de finas gotitas de agua brotó de la alcachofa y dejó que el agua recorriera todo su cuerpo y lo limpiara.

Relajado y con su albornoz azul, bajó a la cocina a desayunar. Preparó un gran tazón de café con leche, acompañado de bollos, tostadas con mantequilla y mermelada, y un yogur desnatado con cereales. De esos con miel —sus preferidos—, que venían en envase familiar. Un montón de calorías para darle energía.

Una vez satisfecho, fue a su cuarto y se vistió de forma informal, como siempre hacía para trabajar en casa. Sus pantalones favoritos y una camiseta sin mangas de cuando jugaba al fútbol en la universidad. Perfecto, ya estaba listo para afrontar una nueva jornada de trabajo.

Volvió de nuevo a la primera planta, bajando al trote por los escalones. Encaró la doble puerta que daba paso a su enorme biblioteca, y que ocupaba una gran parte del espacio de la planta baja de la casa.

Levantó todas las persianas y la luz diurna penetró brusca en la diáfana estancia, iluminándolo todo el cuarto. Los grandes anaqueles y librerías alcanzaban hasta el techo, y cubrían la mayoría de las paredes, como grandes vigilantes del saber que contenían los libros que guardaban. En el centro, sendas mesas de trabajo gemelas, ideadas para que dos personas pudieran trabajar frente a frente sin molestarse el uno al otro. Al fondo, su enorme escritorio de roble —justo detrás del ventanal—, con un ordenador portátil, un soporte para un teléfono inalámbrico y un puñado de hojas escritas a mano con una caligrafía descuidada y un tanto irregular. Pilas de libros se amontonaban de una forma caótica, a punto de derrumbarse.

Una vez hecho esto, se dirigió hacia otro lugar importante. La vitrina situada en el centro de la habitación y que se erigía enhiesta sobre el pedestal de madera. Se paró delante de ella y comprobó el nivel del control de humedad, echó una mirada al indicador: 50%. Bien. No debía pasar nunca del 60%, o su preciada joya comenzaría a deteriorarse velozmente. Tomó de su bolsillo la llave dorada y abrió con ella la vitrina. Luego sacó su contenido, un libro, por su aspecto exterior muy antiguo.

Tomó el Códice de Zariez —un tesoro bibliográfico que trataba de datar—, escrito en una lengua ininteligible y que, era bastante probable que fuera un tipo de antiguo repertorio de conjuros o tratado de alquimia hermética. Tamaño cuarto, encuadernado en piel, las hojas cosidas, páginas de guarda, una curiosa serigrafía en el comienzo del texto... Qué extraño, recordaba el símbolo de otra forma. Su imaginación le jugaba malas pasadas.

Abrió el Códice por donde lo había dejado el día anterior. Tenía unas anotaciones en los márgenes en latín, de éstas pudo deducir que el lenguaje en el que estaba escrito se llamaba Drashan. Qué idioma o código secreto era éste, no lo sabía, era por completo desconocido para él. No tenía constancia de que hubiera existido algún idioma llamado así.

El texto, copiado con grandes letras en tinta roja. Como su sangre. ¿Su sangre? Sí, porque aquella sangre era la suya, la sangre con la que estaba escrito todo el libro. Su sangre, que era la que manaba de las letras impresas, hasta empapar las gruesas páginas. Formando una frase de gruesos trazos: Tú eres el culpable. Manchando toda la superficie del volumen, desbordando las cubiertas, desparramándose sobre la mesa, cayendo sobre la tarima.

No le dio tiempo a impresionarse, porque el impacto de un libro en la cara le tiró al suelo.

Todos sus libros salían disparados de las estanterías hacia él. Se zafó como pudo debajo de su escritorio, pero a pesar de esto, algunos lograron su objetivo, magullándole el cuerpo. Cuando terminó la lluvia de libros y pensaba emerger de su refugio, un ruido tremendo llenó la habitación. Se atrevió a salir.

Las estanterías se habían derrumbado y yacían destrozadas en el piso. Las paredes —ahora desnudas—, comenzaron a humear, El humo formó una construcción que se parecía bastante a: Tú eres el culpable. Los muros se hinchaban y se encogían, formando desmesuradas ampollas. El techo se combó hacia dentro, despidiendo humo también. ¡Su estudio estaba vivo!

Las paredes se llenaron de orificios y grietas. Y por esas grietas, manaba una sangre espesa y de un rojo oscuro. Como la suya. La sangre fluía a borbotones, a chorros, con una gran presión.

Fue salpicado por su propia sangre. La cara, las manos manchadas con su sangre...

El nivel del líquido crecía a ojos vista. Le cubría ya por los tobillos, no, por las pantorrillas, no, las rodillas...

Estaba sumergido en su sangre hasta la cintura, el pecho, los hombros, el cuello, la barbilla...

Lo último que pudo ver —horrorizado—, a la par que se ahogaba, fue una frase escrita en el techo con su propia sangre: Tú eres el culpable.

Despertó agitado en su lecho, medio incorporado—la luz del sol molestándole en los ojos— y comenzó a darse cuenta de que sólo había sido una pesadilla...

©2006, Alejandro Guardiola

viernes, 11 de mayo de 2007

Estrenos: Spiderman 3


El viernes pasado fui a ver Spiderman 3 y he querido dejar pasar unos días para reflexionar sobre ella.

En primer lugar, me proveí de palomitas (cosa que nunca suelo hacer), pues la ocasión bien lo merecía, se trataba de una de las que más ganas tenía de ver este año. Pues pertrechado de maíz y bebida, sentado al lado de unos críos que no se callaron en toda la puñetera película, soporté con estoicismo las dos horas y pico del filme de Sam Raimi. Y digo soporté porque me aburrí. Curioso, ¿no? Porque como poco se le supone una pizca de acción, aunque se deje de lado el guión. Pues ni eso.

En cuanto al reparto principal: Tobey Maguire representa a la perfección el papel de niño empollón y bueno que se le supone a Peter Parker. Kirsten Dunst resulta increíble (o sea, poco creíble) como Mary Jane (su dobladora al castellano tampoco es que le ayude mucho). James Franco, está bien como el atormentado Harry Osborn, pero comienza a perder enteros como sucedáneo de villano a imitación de su padre, lo siento, aunque buen actor, es muy guaperas para esto. Bryce-Dallas Howard como Gwen Stacy resulta de los mejores descubrimientos en relación con los otros personajes. Topher Grace es demasiado esmirriado para representar a un Eddie Brock Jr./Veneno, que debería tener músculos en los músculos, además Sam Raimi insiste de forma agotadora en mostrarnos su jeta cada vez que aparece en la forma del simbionte, para que quede bien claro que se trata de Topher y no otro el que se encuentra dentro del traje, ¿o para que admiremos su cara bonita?

Argumento (o lo que sea): la primera hora de película está bien llevada, sin cambios de ritmo, ni cosas raras, los acontecimientos se van sucediendo sin prisa pero sin pausa dentro de un orden lógico. A partir del momento en el que aparece Veneno, todo se desmadra, escenas que no tienen ni pies ni cabeza, sentimentalismos innecesarios y pasamos a una escena de acción trepidante. Altos y bajos, nos excitan y nos aburren, llegando hasta la monotonía final. Vamos, un despropósito detrás de otro.

Sumado a las escenas que tienen como protagonistas a Mary Jane y Peter, en las que parece que en realidad hemos ido a ver una comedia romántica de las de ahora sí te quiero ahora no te quiero. Se juega demasiado con la amistad Peter y Harry Osborn, llegando hasta un final insuperable por malo, Spiderman y el Duende luchando en el mismo bando contra los villanos. Además, el triángulo Peter-Mary Jane-Harry está desaprovechado y mal resuelto. Cuando ya pensabas que se había terminado la peli escenita lastimera y lacrimógena.

Mezclar en el mismo paquete al Hombre de Arena, Veneno y al Duende Verde, Harry Osborn, es excesivo. A priori pensé que el Hombre de Arena tendría un papel menor, como el villano de segunda que ha sido siempre en los tebeos del arácnido, pero no es así, y es que la trama de este personaje resulta por completo superflua para la historia principal. O haberlo hecho de otra forma como los enemigos cutres que Spiderman despacha en tres viñetas, pues se hubiera merecido tres minutos de metraje, punto.
El adversario en torno al cual debería girar la trama debería ser Veneno, centrarse en ello y dejarse de zarandajas. El simbionte fusionado a Eddie Brock Jr, siempre fue una de las amenazas más temibles y poderosas a las que se había enfrentado nunca Peter Parker.

Los efectos especiales cada vez son mejores, pero eso ya se le supone a una franquicia de estas características. La cabecera introductoria con escenas de las partes anteriores, el propio Veneno, como simbionte y fundido con su huésped; y el Hombre de Arena son un prodigio de diseño por ordenador y muy espectaculares, pero deberían ir apoyados sobre la historia y no a caballo de ésta. Las escenas de acción son más escasas que en entregas anteriores, pero las que hay me pierdo porque todo sucede a tal velocidad que no soy capaz de seguir qué está ocurriendo en la pantalla.

Sam Raimi en Spiderman 3 ha facturado un producto comercial, va a ser uno de los taquillazos de la temporada, desde aquí se escucha a los productores frotarse las manos con sonrisas aviesas. Se le supone un éxito comercial de masas a las franquicias de superhéroes, pero dentro de ese factor de comercialidad (por completo válido business is business), es posible elaborar una película de entretenimiento, ciñéndose con más o menos fidelidad a las aventuras del cómic original. No logra ninguna de las dos cosas.

Ahora, si acción es sinónimo de entretenimiento, en este film entretenimiento es sinónimo de estupidez, porque de acción poca, de diversión menos, de sentimentalismo una gran dosis.

Id a verla por lo menos para criticarla y por Veneno y el Hombre Arena.

©2007, Alejandro Guardiola

jueves, 3 de mayo de 2007

Garbage

Buenas, de vuelta del puente y primer post de Mayo. Ya os contaré mis aventuras y desventuras por Europa. Pues hoy me he levantado de Garbage. Os pongo Milk, para empezar tranquilitos y en una versión en directo muy intensa con Shirley Manson contoneándose.


Por el mismo precio Stupid Girl (o como diría Jose Correa Stupid Gril ;)) y I´m Only Happy When It Rains en un solo video, también en directo. Hala os quejareis.